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Coge los remos

Por la noche la mole de nubes, subiendo cada vez más hacia el cenit, sepulta la total extensión del inmóvil golfo en impenetrable oscuridad, pudiéndose oír dentro de ella, ya en una dirección, ya en otra, el comienzo y cese bruscos de recios chubascos. Esas noches encapotadas son famosas entre los marinos a lo largo de toda la costa occidental del gran continente. Cielo, tierra y mar desaparecen juntos del mundo, cuando el Plácido, según suele decirse, se retira a dormir envuelto en su negro poncho.

Las pocas estrellas que quedan visibles por la parte del mar, cerca de la línea del horizonte, brillan con tenue resplandor, como dentro de la boca de tenebrosa caverna. En su vasta lobreguez el marinero no ve el barco que flota debajo de sus pies, ni las velas que aletean sobre su cabeza. El ojo del mismo Dios —añade la gente de mar con irrespetuosidad que toca en sacrilegio— no puede averiguar qué labor ejecuta allí la mano del hombre; y es dable invocar impunemente la ayuda del diablo, porque hasta su malicia seria derrotada por una cerrazón tan impenetrable.

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